jueves, 7 de agosto de 2014

Historia de un deseo que quema

Me encontraste... en mi subida a la montaña. Un día que quise encontrarme con la naturaleza, conmigo misma. Supongo que no importaba el peligro... obviamente no importaba. Mientras mas subía mas me acercaba al cielo y no hay mejor experiencia que esa, los olores, los sonidos, la pureza. Era todo celeste y entre la forestación del lugar me encontraste ahí. Haciéndome caminar de tu mano, a tu lado llevándome aun mas alto de lo que tenia pensado. Sentí que me querías, cuando nos besábamos entre las plantas. Esos primeros besos, minimamente tímidos y sumamente tiernos, tus labios eran la definición perfecta del rocío, la humedad del aire se condensó en forma de gotas por la disminución brusca de la temperatura de nuestros cuerpos al ir cada vez mas arriba. Esa temperatura fresca, fría no duró demasiado. Nos recostamos ahí, viendo el paisaje. Nuestros cuerpos se acercaban lo suficiente para mantenernos cálidos. Pero yo quise ir mas allá, quería encontrar el sol y al encontrarlo éste se perdía a lo lejos, alejándose de nosotros. Como no queriendo ser parte de lo que vendría en ese lugar. Volví mi rostro al tuyo, me sonreíste, y fue la sonrisa mas bella que haya visto en mi vida. Ame tu sonrisa desde ese día, mas que a nada en el mundo. Los hoyuelos en tus mejillas, me hacían pensar si mis ojos eran realmente dignos de mirarlos.
Me encontraste, me encontraste en mi momento de debilidad ante la piel perfecta de un hombre. Y bajamos, y corríamos porque nos acosaba el anochecer. Y en mi fatiga, tiraste de mi brazo para poner mi cuerpo de frente con el tuyo. La mano que me sostenías la levantaste y la apoyaste por sobre nuestras cabezas sobre el quebracho blanco, besándome de la forma mas perfecta y apasionada para ese momento. Y paso un tiempo, la timidad quedo en lo alto de la montaña, nos habíamos absorbido y la noche nos había alcanzado. Y te mire fijo a los ojos, y me miraste fijo también pero no pudimos decirnos nada. Y no podía pensar si eso estaba bien, tus pupilas, tu aroma de hombre tan embriagador, no dejaban que me concentrara. El roce de tu barba creciendo, cuando me diste un beso en el cuello fue lo único que logro que cerrara mis ojos y dejara de mirarte.
Encontraste mi punto, encontraste en mí en un mismo día, una nueva forma de ponerme la piel de gallina, esa sensación a causa de la emoción que me provocaste haciendo que mis músculos se contrajeran y mi bello se erizara.
Todo pasaba muy rápido, pero por primera vez no le tenia miedo al bosque. Apenas podíamos vernos. Igual yo ya había visto suficiente y creo que con el calor que emanaban nuestros cuerpos podíamos crear una llama y quemar todos los arboles secos y pastizales.
Finalmente las mentiras no eran verdaderas. Volviste a agarrarme de las manos colocandolas sobre tu pecho, esa remera negra suelta había disimulado lo que estaban sintiendo mis manos. Tus manos rodearon mi cintura, me levantaste y me llevaste hasta un montón de hiervas que estaban tiernas. La ropa me quemaba, y de pronto sentí que solo eran cenizas, que con la brisa fresca de la noche me dejaron desnuda completamente. No pensé en los insectos, no pensé en el peligro, no podía pensar. Y me consumiste mas aun, tanto como la noche nos consumió a nosotros. 
Sentí que me quisiste, sentí que te quería. Tu sonrisa, tu pelo, tus pupilas... Tus besos, tus manos, tu calor. Tu todo. La mejor historia de mi vida, la que nunca olvido. Al que nunca olvido, a vos.

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